Dijo Jesús―apostado en el monte― a la vasta multitud allí reunida: “bienaventurados los pobres de espíritu”. Al oír esas novedosas palabras ¿Cuál habrá sido la reacción de esas personas sencillas? Hombres, mujeres y niños que acudían con corazón abierto a ser enseñados, curados, salvados y liberados. En ese tiempo, como en el nuestro, la riqueza era un valor casi absoluto. La única forma de ser libre, de dejar de ser esclavo.
Durante mucho tiempo ―aún después de dos mil años de fe cristiana― esta enseñanza permanece paradójica, velada, codificada. ¿Qué significa para el cristiano ser “pobre”?, ¿Cuál es la hermenéutica adecuada para desvelar este signo?
¿No es acaso la vida interior ―la vida espiritual― más bien riqueza? ¿Son estas palabras del Sermón de la Montaña, una sentencia críptica del Maestro? ¿Una de las muchas que Jesús había señalado que sólo serían comprendidas por unos pocos? Jesús mismo había dicho que su prédica no era para cualquiera: “el que tenga oídos que oiga” les había dicho a sus amigos.
― ¿Pobreza de espíritu?
Hubo de ocurrir muchas cosas, experiencias y reflexiones para que yo pudiese penetrar un poco el significado de la enseñanza, aún así lo sigo considerando inagotable.
De hecho, tuve que esperar a que diversos maestros y directores ―de distintos carismas― me fuesen desbrozando el entendimiento de las palabras del Mesías y luego refinar hasta llegar a su vital hondura.
Lo que expongo a continuación, no es el resultado de una hipótesis de trabajo, ni representa la ortodoxia de una lógica bien montada en el vórtice cognitivo. Es más bien el fruto de mis visiones y experiencias, ese pensar sobre lo vivido. Ese examen socrático que sigue de tomarse como regla de vida lo que el sabio ateniense proclamaba: “la vida no sometida a examen no es digna de ser vivida por un ser humano” (Platón, Apología de Sócrates, 38b).
En mi “andar por la vida” y al oír las historias de los demás peregrinos, he escuchado que existen dos dimensiones de la pobreza interior del hombre: una que es la pobreza de miras, sequedad subjetiva, falta de amor e indefensión. Hay ―por otra parte― una pobreza que es más bien sencillez, austeridad y libertad de movimiento. Una pobreza que implica abandono y confianza, una entrega fundamental a las manos divinas, don que susurra un fiat.
A través de la figura de la pobreza tal vez el Señor invoca nuestra agilidad de acción, de sentimientos e ideas, porque el “yugo” de la espiritualidad es “ligero” y la vida que lleva esta cruz se conduce en el vehículo del amor.
La pobreza de espíritu no es pesadumbre: es facilidad de tomar altura y elevación. Libertad del suelo por ausencia de lastre.
De lo que habla el Maestro, según mi opinión, no se trata de no poseer bienes materiales, sino de no dejarse poseer por ellos ni por los respetos humanos. Es una pobreza que apunta a no tener deudas de egoísmo, indiferencia o temor, un empezar de cero y no de bajo cero. Esta pobreza es alegre humildad, felix culpa. Virtud de no sentirse prendido por el resentimiento ni el merecimiento. Liberación que da perdonar y ser perdonado.
Se es bienaventurado, internado en la ruta de bendiciones, porque se transita con levedad por el camino de la felicidad. Cuando se es pobre de esta manera se viaja fluido, se cubre más vereda, se puede auxiliar a otros. Es viable llevar la carga de otros, de esos a los que amamos, nos amen o no.
Una vida espiritual sin demasiado equipaje, da por fruto una vida cotidiana con paz, paciencia, esperanza y fe.
Bienaventurados los pobres de espíritu significa amar al mundo sólo por causa de Dios. Una vida sin parafernalia y accesorios, con suficiente lugar para albergar amor.

La Balada del Vidente by Raúl Trinidad Cerda Pérez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
Based on a work at enterate.typepad.com.
Nunca será demasiado nuestro intento por comprender la infinita profundidad de nuestra tan finita -aparentemente- realidad.
Posted by: Alfonso Núñez | 08/16/2011 at 08:09 PM