Ser discípulo de Jesús entraña vivir en las paradojas, hacer lugar de residencia al misterio del tránsito desde las sombras a las luces. En momentos cumbre ―como alguna vez lo dijo el gran psicólogo Abraham Maslow― el discípulo descubre que habita en el misterio de la elevación, adjunto a Cristo.
En momentos de abatimiento, la elevación revela su faz de sufrimiento. ¿Qué clase de sufrimiento? Ese que hace de puente, de pontífice entre dos mundos: el mundo psicológico y el mundo del espíritu. Paso de criatura a hijo de Dios.
Los criterios del mundo nos llaman a escapar del sufrimiento, los divinos, a sufrir con sentido y dirección. No se trata de sufrir por sufrir, ni hay una regla que enuncie que, en forma directamente proporcional, el sufrimiento lleve a la felicidad. Más bien la felicidad, la alegría de la fe, acoge al sufrimiento e imperando sobre éste, hace realidad aquello de “bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”.
Ser discípulo significa ser capaz de funcionar en el mundo, de comprender su lógica y aún así permutarla por presencia divina. El discípulo no anula el criterio mundano, ni se sale del mundo. En vez de eso, la experiencia humana -aquella común y corriente- se abraza y transmuta en un sendero superior, el que nos señala el Maestro.

La Balada del Vidente by Raúl Trinidad Cerda Pérez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
Based on a work at enterate.typepad.com.
Posted by: |