En la meditación cristiana la figura de la montaña aparece no sólo frecuentemente, sino además cargada de un gran simbolismo. En efecto la montaña es signo, tiene una implicación semiótica: “está en lugar de aquello” pero… ¿Qué es “aquello”? ¿En lugar de qué realidad está la palabra montaña como signo?
Ratzinger nos dice que “la montaña es el lugar de la predicación de Jesús”.
No puede ser casualidad, los encuentros de Moisés con Dios se dan en el Sinaí, mientras que Jesús “el nuevo Moisés” ―como lo llama Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazareth― no solo se comunica con el Padre en el monte, sino que además es ahí donde dicta las bienaventuranzas, el Sermón ―otra vez― de la montaña. La transfiguración se da “allí”. Jesús baja del “monte” habiendo elegido a sus discípulos. El Señor expira en el Gólgota, en el monte de la calavera.
La montaña entonces es signo de elevación, de soledad en oración con Dios y con uno mismo. Un punto donde mirar distinto, donde ver con el espíritu. Allí hay silencio, se está como fuera del trajín del mundo.
La montaña sigue siendo “mundo” pero es una dimensión mundana que casi toca el cielo, lugar de comunión entre lo divino y lo humano. Es una puerta que une dos dimensiones, que convoca la naturaleza del Mesías, quien es al mismo tiempo humano y divino. La montaña es cielo y tierra, alma y cuerpo.
No cabe duda que este signo es uno de los más profundos en el evangelio y señala una realidad espiritual que invoca la presencia de Dios entre los hombres. La montaña es ―sin duda― la figura evangélica del corazón humano, el lugar más elevado de nuestra humanidad.

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