La moralidad, entendida como el sistema de creencias, hábitos y adecuaciones en real time que conforman lo que llamamos comportamiento libre, es uno de los temas más controversiales. Sucede que cuando se le piensa, este pensar gira alrededor de la pregunta por la libertad y esta cuestión siempre levanta pústula. Y aunque el raciocinio discursivo significa alcanzar una estructura entrelazada y coherente de conceptos, estas conclusiones, frecuentemente no terminan por encajar en la rica y compleja realidad de aquello que consideramos moral.
A pesar de todo, pensar acerca de nuestra moralidad no sólo tiene un valor teórico, sino que es en su valor práctico que alcanza su máxima importancia. Por ello, pensar en las limitaciones prácticas del alcance de la razón en cuestiones morales es una tarea fascinante porque incluye la ponderación del impacto del raciocinio sobre la acción libre y de la acción libre en el raciocinio, esto conforma la totalidad del sistema moral de aquél que piensa.
En psicología moral se dice que el comportamiento moral es bastante autónomo de lo que se razone de él. Se puede decir lo mismo de otra forma: el modo en que se ve afectado por diversas concepciones de bien moral, condiciona al pensador de tal manera que sus conclusiones no pocas veces responden inconscientemente a este condicionamiento. Por otra parte, la moralidad como sistema organizado y al mismo tiempo abierto de comportamiento depende, según esta rama de la psicología, de factores psíquicos muy profundos y oscuros. Por lo regular esta influencia escapa al escrutinio del pensador de la moralidad.
Lo moral significa un juicio acerca de la calidad ―en términos de bueno o malo― de cierto comportamiento que alcanza el estatuto de libre, bajo la óptica de cierto esquema apriori de esencia-existencia. Esto atañe a lo racional, a lo sentimental, a lo inconsciente, a lo consciente, a la obediencia a leyes; o al acto de voluntad que depende de la inteligencia. Tal complejidad -muy bien plasmada por las distintas formas de hacer ética- señala que la libertad es la incógnita que afecta todos los coeficientes implicados en la ecuación humana.
La única manera de alcanzar cierta idea más o menos falible del fenómeno moral es su descomposición. Efectivamente tal análisis depende de un observador externo o bien internalizado. Al ser objetivado lo moral se vuelve dialógico.
En su carácter dialógico el comportamiento moral puede derivarse hasta alcanzar una convención social, pero hay que recordar que no todo diálogo acusa convención, existe la forma socrática que, de manera elicoidal, va creciendo en verdades.
La moralidad es, sin duda, una manera de "estar" en el mundo, una conformación digamos pragmática (en el sentido de la corriente filosófica) donde la mente del portador se estructura a manera de hábitos a tal grado, que le es casi imposible autoescanéarse. Aquí contar con un observador y juez externo juega un papel relevante. Sin embargo juzgar es, en sí mismo, otro comportamiento moral y esto le será a su vez transparente a dicho juez... desencadenándose una espiral ad infinitum.
Como se puede ver, lo moral condiciona la manera en que se ve el mundo y al juicio sobre el comportamiento humano y eso incluye hacer filosofía de lo moral. A vistas de esto podemos decir que la moralidad es una forma de llevar al campo de lo predecible y aceptable, las infinitas posibilidades del ser humano. La política moral es la encargada de llevar esta tarea a lo concreté: educar en doctrinas, administrar los frutos del trabajo colectivo en torno a ideologías o agendas morales; son métodos para lograr que el comportamiento libre encaje en los linderos de cierta cosmovisión. Pero el verdadero rostro de lo moral descansa en una recta alineación de nuestro ser con el mundo. Podemos expresar esta idea de la alineación con el siguiente cánon clásico: Ser-Verdad-Bien. En otras palabras "conoce la verdad para hacer el bien".
El proceso descrito parece que se da exactamente de la misma manera sin importar los cambios en su contenido u objetos, por lo que lo podemos considerar o asumir que éste es universal y transcultural. Por eso es que la ética, a últimas, termina funcionando como una disciplina pedagógica o bien política, porque no existe una disciplina que estudie lo moral que no haga el proceso de delimitación de la relación comportamiento-cosmovisión y éste, sabemos, es un proceso eminentemente sociocultural.

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